Estados Unidos es una nación enloquecida por la religión
Asombra que en tan breve tiempo hayan florecido allí tantas y disimiles creencias religiosas.
Por: Luis Eduardo Cortés Riera
4/22/2026


Me ha parecido extraño que las recientes y duras críticas aparecidas en la prensa estadounidense a las extravagantes y descocadas posturas religiosas de Donald Trump y su equipo instalado en la Casa Blanca, no se hayan referido al famoso libro de Harold Bloom, aparecido en 1992, titulado La religión americana. La emergencia de una post cristiana nación (Taurus, 2009).
Examina Bloom de manera brillante y original allí el Mormonismo, la Iglesia de los Santos de los Últimos Días, el Pentecostalismo, los Adventistas del Séptimo Día o segunda venida de Jesucristo, la Ciencia Cristiana, los Testigos de Jehová, la Convención de Bautistas del Sur, todas ellas nacidas en el territorio de la nación norteamericana en su corta vida histórica. Asombra que en tan breve tiempo hayan florecido allí tantas y disimiles creencias religiosas.
El autor crea una crítica religiosa centrada en los valores espirituales de las religiones, una originalidad suya, distinta a su crítica literaria enfocada en valores estéticos (El canon occidental, 1994). Estos distintos grupos se identificarían con Dios a través de una “soledad interior total.”, la que no puede encontrarse en comunidad, una diferencia básica con nuestro catolicismo hispanoamericano grupal y comunitario. Un enfrentamiento uno a uno con lo divino. El cristianismo estadounidense ha cortado con la tradición cristiana europea, derivando a una suerte de gnosticismo, es decir una colección de diferentes ideas. Estados Unidos sufrió un avivamiento religioso a fines del siglo XVIII y principios del XIX, el Segundo Gran Despertar, negadores de la Ilustración estadounidense, milenaristas, lo que explicaría su conducta paranoide religiosa del presente, dice Bloom.
“Estados Unidos es una nación enloquecida por la religión. Es algo que lleva inflamando al país desde hace casi dos siglos”, decía rotundo y perentorio este crítico literario judío americano fallecido en 2019, un juicio que hace 30 años pareció inaceptable y que produjo gran incomodidad, disonancia cognoscitiva, pero que hoy, en abril de 2026, se nos parece plenamente justificado y , es más, parece que se ha quedado corto ante las mesiánicas declaraciones del presidente estadounidense, que revelan una suerte de delirio religioso fundamentalista, lo que no es nuevo entre los presidentes gringos: Reagan y Bush -dos republicanos- se creyeron ungidos por Dios, actuando en consecuencia.
La política se mescla a la religión. Bloom se sintió entonces “políticamente horrorizado”. ¿Qué pensaría Bloom si resucitase y viera al señor Trump disfrazado de Jesucristo (12-4-2026) con una aureola brillante, tocando un enfermo, un fondo de aviones, las barras y estrellas flameando, soldados con gorras, la estatua de la libertad, una enfermera con un estetoscopio a los hombros, que él coloca en las redes sociales? Un Jesucristo caucásico, rubio y blanco, cuando en realidad era moreno, pelo castaño y semítico. Un desespero semiótico hubiese dicho Umberto Eco de tal mamotreto visual. Recargado de signos y símbolos, un horror al vacío, representa un modelo perfecto de imaginería barroca.
Ante la avalancha de críticas de todos los sectores, incluyendo a los republicanos, debió sacar la imagen de las redes diciendo “pensé que era un doctor.”, una suerte de persona dotada de poderes taumatúrgicos como los que tenían ciertos reyes medievales en Francia e Inglaterra, como los describió Marc Bloch. No pidió disculpas, como es habitual en él.
El papa León XIV, gringo como Trump, tan comedido y discreto siempre, se ha enfrentado al presidente y a su ministro de “guerra”, quienes han hecho de su ataque brutal a la República Islámica de Irán en febrero una suerte de nueva cruzada como la que hace 800 años protagonizó la cristiandad europea que quería rescatar los santos lugares en manos de los turcos en esa ocasión. “No le temo”, dice sin temblarle la voz el papa americano desde su gira en Argelia al inefable e impertinente inquilino de la Casa Blanca. Trump se atreve a decir que León XIV le debe su papado a él, pues el Vaticano lo coloca en el solio papal como una suerte de contrapeso a su figura.
Pero lo que no ha tomado en cuenta en sus desvaríos Trump es que el papa León tiene bastantes seguidores en Estados Unidos. Como primer estadounidense en el trono de San Pedro desde el año pasado, domina la política y la cultura estadounidenses, y su liderazgo cuenta con el apoyo de amplios sectores de la Iglesia estadounidense. En su primera presidencia Trump llama al difunto papa Francisco “una vergüenza” por defender los derechos de los migrantes y advertir sobre el cambio climático que el presidente niega con obstinación. Francisco replica sugiriendo que el presidente “no es cristiano”.
Pete Hegseth, católico y ministro de “guerra”, como a él le encanta autodenominarse, ha asumido, dice The New York Times (15-4-2026), un “Evangelio de la destrucción”. “Supongo, dice el columnista Frank Bruni, que un fanático, por naturaleza, no puede esconderse: sus convicciones son demasiado extremas, sus designios demasiado grandiosos, su arrogancia demasiado consumidora. Y así, en las últimas semanas, Pete Hegseth se ha revelado plenamente.”
Donald Trump olvidará muy pronto este impase con la imagen de Jesucristo que ha querido adherir a su inmensa arrogancia. Sus capacidades mentales en deterioro creciente y acelerado le harán cometer otros dislates e incoherencias de igual o mayor tenor. No nos deberíamos asombrar que a la brevedad se haga aparecer en las redes como un Moisés bíblico abriendo las aguas del estrecho de Ormuz blandiendo una larga vara, la vara de Dios.
Amanecerá y veremos.
UBICACIÓN
Popayán, Cauca, Colombia