LA FÓRMULA VICEPRESIDENCIAL DE IVÁN CEPEDA

AÍDA QUILCUÉ: LA VOZ QUE VIENE DEL TERRITORIO

Por: ALEJANDRO CHÁVEZ CLAVIJO

3/13/2026

Aída Quilcue e Iván Cepeda
Aída Quilcue e Iván Cepeda

Hay liderazgos que nacen en los salones del poder y otros que nacen en los caminos de tierra, en las mingas, en la palabra colectiva que se aprende escuchando a los mayores. Aída Quilcué pertenece claramente a esta segunda estirpe. Su historia no comienza en la política institucional sino en el corazón del territorio indígena del Cauca, en las montañas y resguardos donde el concepto de comunidad no es un discurso sino una forma de vivir.

Nacida en el pueblo Nasa, en Páez, Resguardo de Vitonco, Aída creció en un universo donde el territorio no es solo geografía: es memoria, espiritualidad, dignidad y proyecto de vida. En esos espacios comunitarios aprendió una de las lecciones más profundas de la política indígena: la palabra no pertenece a quien la pronuncia, sino a quien la representa. Y esa idea marcaría toda su trayectoria.

Quienes la conocen desde joven cuentan que su liderazgo no apareció de manera abrupta. No fue un ascenso repentino ni una carrera calculada. Fue más bien un crecimiento natural dentro del tejido organizativo del movimiento indígena caucano. Con paciencia, con disciplina comunitaria y con la convicción de que las transformaciones verdaderas se construyen colectivamente, fue asumiendo responsabilidades dentro del Consejo Regional Indígena del Cauca, una de las organizaciones sociales más importantes de América Latina.

Cuando llegó a ser Consejera Mayor del CRIC, entre 2005 y 2008, no solo ocupó un cargo. Encarnó una época. Fueron años intensos para el movimiento indígena colombiano: años de movilización, de reivindicación y de búsqueda de una relación distinta entre el Estado y los pueblos originarios.

En ese contexto emergió uno de los momentos más significativos de su trayectoria: la Minga indígena de 2008. Aquella movilización no fue únicamente una protesta. Fue una conversación nacional que salió desde los territorios. Miles de indígenas caminaron hacia las ciudades para recordar algo fundamental: que Colombia no podía pensarse sin reconocer la pluralidad de sus pueblos.

En medio de esa movilización, Aída Quilcué se convirtió en una de las voces más visibles del proceso. Su forma de hablar ya mostraba el sello que la caracteriza hasta hoy: una mezcla de serenidad, firmeza y profundidad ética. No era una oratoria basada en la confrontación estridente. Era una palabra que buscaba persuadir, convocar y recordar. En sus intervenciones aparecían conceptos que hoy forman parte del vocabulario político del país: territorio, autonomía, dignidad, consulta previa, paz desde las comunidades.

Pero la vida también le impuso uno de los golpes más duros que puede recibir una lideresa social. En diciembre de 2008, su esposo, el líder indígena Edwin Legarda, fue asesinado por miembros del Ejército en el Cauca. Aquella tragedia personal no solo conmovió al país. También reveló la complejidad del momento histórico que atravesaban los pueblos indígenas.

Muchos pensaron que ese dolor podría silenciarla. O que, al menos, la llevaría a retirarse de la vida pública. Pero ocurrió lo contrario. Aída Quilcué transformó el duelo en una forma aún más profunda de compromiso. Desde entonces, su voz adquirió un tono que mezcla memoria y esperanza, denuncia y construcción.

Con el paso de los años su liderazgo trascendió el ámbito regional. Participó en escenarios nacionales e internacionales, defendiendo los derechos de los pueblos indígenas y contribuyendo a la inclusión del Capítulo Étnico en el Acuerdo de Paz de La Habana, uno de los reconocimientos más importantes a la diversidad cultural dentro del proceso de paz colombiano.

En 2022 llegó al Senado de la República de Colombia. Pero incluso allí, en uno de los escenarios más institucionales de la política, su estilo no cambió. Su manera de intervenir sigue siendo distinta a la de muchos dirigentes tradicionales.

Aída Quilcué habla en plural. Dice “nosotros”, “nuestros pueblos”, “nuestros territorios”. Y ese plural no es una fórmula retórica: es una manera de recordar que su voz está anclada en un mandato colectivo.

Quienes observan sus intervenciones en el Senado notan una característica particular. Su discurso combina tres dimensiones poco comunes en la política contemporánea: autoridad moral, profundidad histórica y vocación de diálogo. Puede hablar con firmeza sobre la defensa del territorio, pero al mismo tiempo insistir en que el país necesita aprender a construir consensos desde la diferencia.

Hay algo más que distingue su palabra: la capacidad de conectar escalas. Puede hablar de un conflicto concreto en una vereda del Cauca y, al mismo tiempo, situarlo en un debate más amplio sobre democracia, biodiversidad o civilización. Cuando habla de la Madre Tierra no lo hace como una metáfora romántica, sino como una manera de replantear la relación entre sociedad, economía y naturaleza.

Tal vez por eso su liderazgo ha logrado algo poco frecuente: convertir la experiencia de los pueblos indígenas en una conversación nacional.

Hoy, cuando su nombre aparece en el escenario político como fórmula vicepresidencial propuesta por Iván Cepeda Castro, su trayectoria adquiere un nuevo significado. No se trata únicamente de una alianza electoral. Representa, en cierto modo, la posibilidad de que una voz nacida en las mingas, en los resguardos y en las luchas territoriales llegue a ocupar uno de los lugares más altos de la vida institucional del país.

Porque si algo ha demostrado la historia de Aída Quilcué es que la política puede ser otra cosa. Puede ser memoria, puede ser dignidad, puede ser palabra compartida.

Y en tiempos en los que la política a menudo se reduce al ruido, su liderazgo recuerda una verdad antigua de los pueblos indígenas del Cauca:

la palabra verdadera no es la que grita más fuerte, sino la que logra caminar junto a la comunidad.

Una Idea Cuyo Tiempo Ha Llegado