La posición segunda de Lucien Febvre frente a Marc Bloch es un mito
Acontece algo semejante a otra dupla intelectual famosa, los alemanes Carlos Marx y Federico Engels
Por: LUIS EDUARDO CORTÉS RIERA
7/24/2026


Con la pareja de historiadores francesa conformada por Lucien Febvre y Marc Bloch acontece algo semejante a otra dupla intelectual famosa, los alemanes Carlos Marx y Federico Engels. Siempre se piensa que Engels fue un segundón frente a la figura gigantesca de Marx, y siempre pensamos que Febvre no tenía la estatura intelectual de Bloch. Ni lo uno ni lo otro.
No podemos comprender cabalmente a Marx sin los preciosos aportes de Engels en la construcción de un sistema de pensamiento de repercusiones planetarias. De manera semejante, Marc Bloch hubiese tomado otros derroteros de no haberse encontrado con Febvre en la ciudad de Estrasburgo después de la Primera Guerra mundial, un auténtico nudo cultural franco-alemán. No se separarán hasta 1944, cuando Bloch, miembro de la resistencia, es asesinado por la Gestapo y nace, consecuencialmente, la leyenda que eclipsa, ensombrece a su compañero historiador con el cual funda la Revista Anales en 1929. Febvre brilla con luz propia, así como Engels también poseyó un iluminado perfil personal, escribe Tristán Hunt en su obra El gentleman comunista. La vida revolucionaria de Friedrich Engels, Anagrama (2011).
Digo esto porque Febvre ya había publicado un libro señero de la nueva ruta que tomaría la ciencia de la historia en el siglo pasado: Felipe II y el Franco Condado, su tesis doctoral presentada en 1911, escrita 17 años antes de la fundación de la Revista Anales. Lo novedoso que encontramos acá será el intento de escribir una historia exhaustiva de una región basándose en el análisis cuidadoso de fuentes no solo políticas, sino también económicas, religiosas, literarias y artísticas, dice Georg Iggers (La ciencia histórica en el siglo XX. Las tendencias actuales).
Una perspectiva original logra Febvre al analizar todos los elementos de la región: ríos, molinos de trigo, minas, hornos, ingresos de los señoríos, la relación entre nobles y burgueses. Un enfoque detallado y meticuloso que echó las bases de un nuevo método histórico. Las magnitudes fijas que hasta entonces habían desempeñado un papel tan importante, el estado, la economía, la religión, la literatura y las artes, pierden sus límites y autonomía y se convierten en áreas parciales dentro de una cultura que lo abarca todo. Existen paralelismos entre el libro de Febvre sobre el Franco Condado y la historia económica medieval del país del Mosela, Alemania, de Karl Lamprecht (Iggers, 1998, p. 48, 49 y 50.)
Su aspiración será la de comprender, más no explicar los fenómenos históricos, según la perspectiva del filósofo germano Wilhelm Dilthey (1833-1911), pues la explicación cuadra con las ciencias naturales, en tanto que la comprensión es la más adecuada para las ciencias del espíritu diltheyanas, una hermenéutica historicista que da a conocer Dilthey en 1883 en respuesta al positivismo y al marxismo.
Incorpora Febvre otros aspectos de la realidad analítica que la historiografía tradicional había descuidado: la geografía, las estructuras sociales y las mentalidades colectivas. Allí estableció conexiones que otros no veían entre la gente común y no solo de las élites políticas, como era la costumbre de la historiografía seguidora de Taine, Littré, Renan, el historicismo alemán de Ranke, la escuela metódica de Charles Langlois y Charles Seignobos.
Febvre abre el camino hacia una historia de las sensibilidades, las emociones, nos enseña que cada época elabora su propia visión del mundo, que las maneras de sentir y pensar varían con el tiempo, es decir, las mentalidades, un término que él con mucha valentía consideraba ambiguo, que se nutre de la antropología de Lévi Brhul (1857-1939), autor de La mentalidad primitiva en 1922.
Una de sus afirmaciones, quizás la más polémica de Febvre, será la imposibilidad de que, en el siglo XVI, en tiempos de Francoise Rabelais (1483-1553), hubiese existido el pensamiento escéptico, esto es el ateísmo. Decir que sí no es otra cosa que cometer el grave pecado de anacronismo: modernizar el pasado, mirar el pasado con ojos del presente. Febvre, que era muy furibundo, se enoja muchísimo cuando oye una afirmación de un colega suyo al decir que Rabelais era, religiosamente hablando, un incrédulo. Tal estado del espíritu no podía existir en esa centuria, arremete Febvre, pues el pensamiento escéptico es posterior y se lo debemos a la Ilustración, el positivismo y el marxismo.
Contesta Febvre al escribir como respuesta un monumento de la historiografía del siglo pasado: El problema de la incredulidad en el siglo XVI. La religión de Rabelais, publicado en 1942, en plena Segunda Guerra Mundial. La incredulidad no existía en el siglo XVI, afirma rotundo Febvre, pues tal condición del espíritu humano se la debemos a los siglos venideros: el siglo XVIII y el corrosivo sistema filosófico de la Ilustración, al siglo XIX y su antimetafísico positivismo comteano, al darwinismo, y a la radical crítica de la religión de Marx y Engels.
Febvre analiza el utillaje mental del siglo XVI y dice que Rabelais no tenía las suficientes y adecuadas palabras para negar la existencia de Dios. No tenía ni absoluto ni relativo, ni confuso ni complejo, ni virtual, ni causalidad, ni regularidad, ni concepto, ni criterio, tampoco análisis, ni síntesis, ni deducción, intuición aparecerá con Descartes, ni coordinación, ni clasificación. Tampoco existía la palabra sistema, palabra clave del racionalismo. Ni deísmo ni teísmo. Materialismo deberá esperar a Voltaire, y escepticismo con Diderot. Otras palabras que no estaban al alcance de Rabelais son fideísmo, estoicismo, quietismo, puritanismo, conformista, libertino, librepensador, tolerancia, irreligioso, controversia. Tampoco conocía instrumentos como telescopio, lupa, microscopio, barómetro, motor, órbita, elipse, parábola, revolución.
Después de este inmenso logro epistémico, Febvre obtuvo varias cátedras universitarias: Dijon y Estrasburgo. En esta última ciudad, un nudo cultural franco alemán, entra en contacto con grandes pensadores de la época: el psicólogo Charles Blondel; el historiador pionero de la sociología histórica de la religión Gabriel Le Bras, el medievalista Charles Edmon Perrin, el sociólogo de la memoria Maurice Halbwachs, y, sobre todo, el medievalista Marc Bloch, su amigo cercano y compañero en la revolución historiográfica que rompe con una tradición dominante desde Leopold von Ranke (1795-1886).
Sacar la historia de la rutina, abrir ir nuevas perspectivas, experiencias, métodos, derribar las barreras que separaban la historia de la antropología, sociología, lingüística, geografía. Su propósito era superar la historia centrada en los grandes personajes políticos, enfoque muy afín al positivismo decimonónico, y crear la historia de las mentalidades colectivas para superar la historia “historizante”, la que se basaba en unas aspiraciones de certeza absoluta que campeaban en las ciencias naturales y sociales del siglo XIX, un mundo conceptual que se estaba derrumbando apresuradamente entonces.
Ha contribuido a aumentar la óptica segundona y relegada de Febvre la reciente elevación de Marc Bloch al altar laico de la patria, el Panteón Nacional Francés, ocurrida el 23 de junio de 2026 con la presencia del presidente Macron. ¿Merecería Lucien Febvre un reconocimiento semejante y de tal magnitud? Mi respuesta es afirmativa, pues él nos advierte del más fatal, el más imperdonable pecado que pueden cometer historiadores: el anacronismo. Vicio que ha contribuido a elaborar mitos distorsionadores y fábulas históricas de toda laya y calaña.
Si el magnífico texto de Bloch Apología por la historia o el oficio del historiador, escrito durante la Segunda Guerra Mundial, se ha convertido en un clásico de la metódica del historiador, no es menos cierto que El problema de la incredulidad en el siglo XVI (1942), así como también Combates por la historia (1953) de Lucien Febvre, lo son también por derecho propio: son textos de obligada lectura y examen para aquellos que deseen convertirse en cultores genuinos de la ciencia de Clío.
Carora,
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Lunes 20 de julio de 2026
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